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Plutócratas y neoliberales: quién marca las cartas del casino económico

1.- G-20, LA REFORMA QUE NO FUE Y LAS QUE SI FUERON O QUIEN PAGA LOS PLATOS ROTOS.

En torno al fin del siglo (y mileno) pasado se dispararon las declaraciones sobre la saludable “tutela de los mercados financieros sobre los gobiernos”. Lo dijo Hans Tietmeyer, presidente del Bundesbank, o banco central alemán, Luis Angel Rojo, Gobernador del Banco de España, y muchas otras autoridades económicas y economistas cercanos al poder. Un hecho virtuoso, porque son los “mercados y no los gobiernos los que tienen sentido de Estado… y obligan a los gobiernos a tomar medidas desagradables, pero necesarias”, -George Soros, uno de los mayores financieros, y manipuladores de esos “mercados”, según pública confesión-.

No obstante, la crisis de 2007-2008 mostró, nuevamente, qué eran los famosos mercados. Y cómo muchos de los máximos directivos y los ricos que manejan y, por consiguiente, se benefician de los “mercados” financieros, son unos auténticos sociópatas, de lo que el oscarizado documental “Inside Job”


dio viva imagen. Los “incentivos perversos” de las instituciones financieras, motivados por las normas, que sus propios dirigentes habían promovido, abocaron a la crisis.

En ese momento los “líderes”, del primer ministro laborista australiano Kevin Rudd al presidente derechista francés, Nicolas Sarkozy, se manifestaron por “salvar al capitalismo de sí mismo” (la candidata presidencial, Hillary Clinton, el 14/10/2015, repitió el eslogan) o la “reforma del capitalismo”. Por hacer un “sistema” más transparente y equitativo, por la ética de los negocios. Como si los negocios (cuyo beneficio está en el margen, que se lo digan a Volkswagen) pudieran ser éticos. La clave, el poder social del dinero, nunca lo será. Fue, sin embargo, el momento de gloria de una institución global que hasta entonces había pasado inadvertida, el G-20.

Constituido por el antiguo G-7 (los 7 más ricos), los emergentes (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), la UE, Argentina, Arabia Saudí, Australia, Corea del Sur, Indonesia, México y Turquía. Nace en 1999 como reunión de Ministros de Hacienda y Presidentes de Bancos Centrales, según Wikipedia, “desde el 25 de setiembre de 2009, se ocupa de la situación económica mundial, desplazando al G-8… se pronunció por políticas que resguarden el empleo decente, regulaciones a los bancos de inversión y paraísos fiscales reformulación de FMI y Banco Mundial”

http://es.wikipedia.org/wiki/Grupo_de_los_20_(pa%C3%ADses_industrializados_y_emergentes)#cite_note-3

Nada de esto se ha cumplido. En 2008 hubo 2 cumbres y 2 más en 2009, pero sólo 1 anual a partir de entonces. En la práctica, hoy, podemos decir que fue una de las tretas que se usaron para que el rescate del sistema financiero, pasara ante una opinión pública fuertemente contraria.

En 2008 los rescates se acompañaban aún de promesas de estímulo de la demanda, pero ya no en 2010. Porque la ocasión para acabar con el estado de bienestar europeo, tan molesto para la plutocracia global, era demasiado buena como para desaprovecharla. La crisis griega cambió el foco sobre la prima de riesgo o diferencial de intereses de la deuda pública de los países del Sur con relación a Alemania. Las élites de poder, orientadas por la plutocracia global, jaleaban a los mercados financieros.

Nueva prioridad, la “consolidación fiscal”. La demanda pública, fue sustituida en el estímulo por políticas de expansión monetaria acompañadas (he aquí el matiz) de políticas deflacionarias de las condiciones laborales, que las reformas estructurales del mercado de trabajo y la “devaluación interior” propiciaban.

El Banco Central Europeo podía haber evitado el incremento del coste de la deuda pública, que se situó en el ojo del huracán de las exigencias políticas. Como hizo después Mario Draghi, Presidente del Banco Central Europeo, con su mensaje a los mercados, “el BCE hará lo necesario para sostener el euro, y créanme será suficiente”. Y lo fue, cuando el euro peligraba, y con él la trampa para los pueblos, especialmente del Sur.

Pero, como advirtió el mismo Draghi, “Sería un grave error ver en este plan de flexibilización cuantitativa incentivos para aplicar políticas fiscales expansivas. Los gobiernos deben hacer las reformas estructurales necesarias”. La expansión monetaria hubiera aliviado a las haciendas públicas, lo que hubiera permitido recuperar la actividad y el empleo, y poner a salvo el bienestar social. Pero, obviamente, esa no era la prioridad.

Y sigue sin serlo. En 2014 el acuerdo se centró en el poco estimulante marco del 2% de crecimiento para el 2018. En setiembre de 2015 el FMI, recomienda a la X cumbre del G-20, por un lado “no frenar la máquina de hacer dinero” (“ya que los objetivos de inflación quedan lejos”), al tiempo que desaconseja las deseables “políticas de estímulo… por el peso de la deuda en un entorno de crecimiento bajo y baja inflación”, mientras por otro recomienda más políticas deflacionarias en contra de los salarios, las pensiones y las rentas de las clases trabajadoras (en una situación de crisis deflacionaria, como la que ha mantenido al otrora pujante Japón postrado más de 20 años), reformas estructurales (“sobre todo en el ámbito laboral y de liberalización de los mercados”), que reducen la demanda y el empleo. Por supuesto, el G-20 siguió fielmente las indicaciones del fondo.

En septiembre de 2016, la XI Cumbre volvió a repetir los objetivos, con una buena dosis de retórica sobre el calentamiento global. Xu Bin, el mandatario de China, que se supone iba a ser el principal excluido de las asociaciones de comercio e inversión, expresaba su auténtica preocupación “La globalización ha retrocedido en los últimos 8 años y se ha convertido en un asunto muy politizado en países como EEUU, donde Donald Trump (entonces candidato) está en contra del TPP (Acuerdo de Asociación Transpacífico) y el TTIP (el tratado de comercio e inversiones entre EEUU y la UE)”. Por supuesto, Trump cambia el escenario, de una economía regulada por acuerdos globales a una economía regulada por leyes internas. Y la presión de la hiperpotencia y las grandes potencias sobre todos los demás, lo que tampoco es excesiva novedad. Lo que no cambia en absoluto son las prioridades, el fomento de los intereses de los plutócratas (él mismo y sus amigos) y la desregulación de las protecciones que afectan a los demás sectores sociales y a la naturaleza, en definitiva a la vida sobre este planeta.

En definitiva, bajo presión de la plutocracia global, de considerar los mandatarios políticos la necesaria reforma de las estructuras de poder económico, y sobre todo financiero, que habían generado la crisis, se pasó a considerar prioritarias las “reformas estructurales” que afectan a todos los demás, y potencian, hasta la exasperación y sin límites, ese poder. Y en estas llegaron los populistas… de derechas, naturalmente.

2.- LA MALDITA DEMANDA Y EL BENDITO CRECIMIENTO (¿O ERA AL REVÉS?)

La penúltima gran crisis global, en los años 1970, combinó el alza de los precios del petróleo con la moneda totalmente fiduciaria. De modo que la escalada de precios empezó por los costes de la energía, y siguió con la interacción entre precios y salarios, todo ello presidido por el incremento de la masa monetaria, que ahora podía crecer sin ninguna restricción.

En ese momento, se produjo algo que la economía keynesiana mayoritaria no preveía, la estanflación o simultaneidad entre alta inflación y alto desempleo. La propuesta monetarista que años antes (desde 1956) había presentado Milton Friedman alcanzó así alguna verosimilitud. Pues para el monetarismo no existía conexión entre precios y desempleo.

Se parte para llegar a esa conclusión de la ecuación de los intercambios de Irving Fisher, a saber: (M.V=T.P). Siendo M, cantidad de dinero en circulación, V, la velocidad de circulación, o número de veces que el dinero cambia de manos en un periodo, T el número de transacciones y P el nivel de precios. En un ejemplo sencillo si hay mil euros y cambian de manos cinco veces en un año, serán 5.000 euros, igual al número de compras por el precio medio de cada compra. Una simple tautología, algo necesariamente verdadero que no dice nada del mundo real. Pero para el monetarismo V y T son fijas o tienen escasa variación en el corto plazo. Por lo que el aumento en el volumen de dinero en circulación aumentará los precios. Volveremos sobre este punto al final del artículo.

El desempleo, para Friedman, se debería a restricciones en el mercado laboral, sean las presiones sindicales o el salario mínimo, que impedirían la correcta formación del precio de equilibrio en el mercado de trabajo, que, por definición “vaciaría el mercado” y no dejaría demanda de empleo insatisfecha. Por supuesto eso no garantiza que el salario sea siquiera el mínimo imprescindible para vivir, aunque a la larga, claro, si no se cubre de otro modo, los trabajadores como clase deben recibir ese mínimo, porque si no, no sobrevivirán…

Claro que, en los regímenes democráticos, las políticas económicas dicen tender a un bajo desempleo, salarios dignos y satisfacción de necesidades, crecientes, de las mayorías. Decir lo contrario es un suicidio político. Pero, las políticas neoliberales plantean un enfoque indirecto. Se ataca primero la inflación que, se supone, impide, o dificulta, las políticas satisfactoras de las necesidades. Luego ya satisfarán éstas. Naturalmente, ese “luego” no suele llegar nunca.

Existe además un nivel de paro “natural”, por debajo del cual las políticas que animan la demanda solo producen inflación. Sus rivales neokeynesianos responden a eso, NANAI. O sea hay un Nivel de Actividad que No Acelera la Inflación, por encima ésta se dispara. Es decir se pasan al enemigo con armas y bagajes.

A fortiori Friedman argumenta que el gobierno puede hacer poco, y al intentar implementar sus objetivos, sufrirá “retardos largos y variables”, por lo que su acción será más perjudicial que beneficiosa. La única política razonable es programar un incremento moderado de la masa monetaria según el crecimiento esperado. Otra cosa son las reformas estructurales que modifican el punto de equilibrio, permitiendo un nivel de empleo más alto.

Después de Friedman algunos desean ir más allá. Sobre los años 70, el también premio “Nobel”, Robert Lucas, y los nuevos clásicos, presuponen que el desempleo es imposible en competencia perfecta, añadiendo las mayores complicaciones matemáticas. Luego si hay paro la competencia es imperfecta y ha de procederse a “reformas estructurales” que eliminen las rigideces derivadas de los “privilegios” de los trabajadores con empleo con el fin de facilitar la ocupación de los desempleados. Por consiguiente las bases teóricas son muy distintas del monetarismo, pero, lo importante, las conclusiones prácticas, siempre que beneficien a la élite de poder y perjudiquen a las clases trabajadoras y a los sectores medios, son los mismos.

A las mismas consecuencias se llega si se acepta que las crisis y depresiones proceden de “choques tecnológicos asimétricos”, como hacen, por ejemplo, Prescott y Kydland. Sus planteamientos econométricos son extremadamente complejos, pero las premisas lógicas de las que parten son sencillas y su corroboración empírica nula.

Un paso más allá de la deshonestidad intelectual está la llamada economía de la oferta. Que parte de la llamada ley de Say, “la oferta genera su propia demanda”, en tanto en cuanto la inversión genera ingresos para otros sectores (trabajadores, propietarios de factores productivos) lo que a su vez genera demanda. Sin embargo, esta presunción ignora la posibilidad de que la distribución de las rentas entre los distintos sectores suponga una “propensión al consumo” distinta. Esto es que un sector dedique a generar demanda una porción menor de sus ingresos que los demás, como ocurre entre los ricos, que se dedican a acumular. Pues obviamente, tienden a gastarse una porción mucho menor que los otros, de modo que la demanda global se resiente.

En conclusión, ignorando estas circunstancias, se pretende que la oferta será el motor del circuito económico generador del empleo. Luego debemos llenar los bolsillos de los ricos para “incentivar” la creación del valor y la riqueza y que fluya hacia todos los sectores sociales, incluidos los menos afortunados. Es el trickle down, que supone, que poner el dinero en el bolsillo de los más ricos, tiene un efecto social beneficioso para todos. Claro que beneficia y convence a algunos, a los más ricos. Que usarán sus recursos para convencer a los demás.


En el extremo la llamada “curva de Laffer”, según la cual rebajar la fiscalidad de los ricos, aumenta el crecimiento hasta el punto de aumentar los ingresos fiscales. Esta paradoja la dibujó, gráficamente, Arthur Laffer sobre una servilleta de un restaurante. Su evidencia empírica no ha pasado de ahí.

En definitiva la idea que subyace a esas políticas económicas es el teorema de Schmidt (de Helmuth Schmidt), los beneficios de hoy son la inversión del mañana y los empleos de pasado mañana. Sin embargo, si la inversión fuera motor del crecimiento debería preceder a los aumentos del PIB. Cosa que no ocurre. Obsérvese esta gráfica de 1960 a 2009, que pone en paralelo la evolución del saldo neto de los activos fijos y del PIB en términos reales en EEUU.

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Gráfico 1. PIB real / stock real neto activos fijos1960-2009.


http://www.bea.gov/national/nipaweb/SelectTable.asp?

http://www.bea.gov/national/FA2004/SelectTable.asp?

http://www.jaimelago.org/node/11 Selected N

archivo red privada Activos Fijos:
Es evidente, el producto responde a la demanda y precede a la inversión, que reacciona a la coyuntura, con un “retardo variable”. Desde otra perspectiva, apreciaremos, desde las estadísticas de la UE, 1965 al 2008, que si la inversión no es motor del empleo, el beneficio tampoco lo es de la inversión,

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http://www.google.es/url?url=http://www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/5SP%2520Husson%2520salarios3.pdf&rct=j&frm=1&q=&esrc=s&sa=U&ei=IObSVK3AI8P7ULeHgMgB&ved=0CBQQFjAA&usg=AFQjCNG3_9oVM7q4OHzmiSpphM7cqzbIKg

Obsérvese cómo, a partir de los años 80, se produce una desconexión entre beneficio e inversión . Aumentó el reparto de dividendos y la remuneración de los máximos ejecutivos. Por el contrario la inversión se mantiene ligeramente a la baja.

Además, según noticia del Daily Telegraph de 18 de agosto de 2014, “Las grandes firmas globales están sentadas sobre una montaña de efectivo de 7 billones de dólares.” Y, a pesar de que el Telegraph anunciaba la inminente inversión, con las albricias del auge económico desbordante que eso supondría, a día de hoy, más de dos años después, la montaña sigue ahí. Mejor dicho ha ido siendo destinada a las inversiones especulativas y al reparto del botín.

Pues ahora, ralentizadas las economías emergentes, las únicas que crecían y hacían crecer al resto, una nueva recesión global se dibuja. Lo que, por supuesto, no supondrá una caída sino un incremento de los beneficios de las grandes empresas, monopolistas o casi, y por consiguiente de los emolumentos de los primeros ejecutivos de las mismas, y naturalmente de las grandes fortunas, pero sí una caída de los salarios, de los ingresos de las pequeñas, las micro, las mísero-empresas y los autónomos, y, por ende, de las rentas de los trabajadores y de las clases medias. Todos salvo la pequeña, minúscula minoría.

3.- CAUSAS Y EXCUSAS: PROYECTO NEOLIBERAL (Y PLUTOCRACIA) VERSUS PROYECTO DEMOCRÁTICO (TRABAJO Y CIUDADANÍA)

Por consiguiente, caída de las rentas medias y bajas, y por ende de la demanda y de la actividad económica. ¿Cómo es posible que la actividad baje mientras los beneficios globales, en particular, de las grandes empresas, suba? Pues, simplemente, porque para un sector creciente de grandes empresas, tendentes al monopolio u oligopolio, su beneficio no depende de aumentar su producto, sino del juego precio/cantidad. Además de los diversos mecanismos y sistemas para que las autoridades públicas (el denostado papá-Estado) pongan el dinero en el bolsillo de la plutocracia global. Por otro lado el paro obrero y las reformas estructurales provocan una reducción y correlativa acumulación de los ingresos monetarios en los grupos privilegiados. Véase, nuevamente según estadísticas de la UE, la desconexión de la productividad del trabajo y del salario real y, por consiguiente, la caída de la participación de los salarios en el PIB.

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http://www.google.es/url?url=http://www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/5SP%2520Husson%2520salarios3.pdf&rct=j&frm=1&q=&esrc=s&sa=U&ei=IObSVK3AI8P7ULeHgMgB&ved=0CBQQFjAA&usg=AFQjCNG3_9oVM7q4OHzmiSpphM7cqzbIKg

Por su parte, en un trabajo de Loukas Karabarbounis y Brent Neiman, sobre 59 países se aprecia la caída de la participación del trabajo global en todos los sectores y, en especial, en el sector corporativo, hasta el año 2013, lo que confirma, con carácter general, la evolución que se deriva del gráfico anterior.

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de Loukas Karabarbounis y Brent Neiman citado en http://nadaesgratis.es/bentolila/la-irresistible-caida-de-la-participacion-del-trabajo-en-la-renta participación media con datos correspondientes a 59 países. La línea discontinua es la participación del trabajo en el PIB y la continua su participación en el valor añadido de las sociedades anónimas y limitadas, no cuenta los autónomos. La caída es similar en ambos casos (línea continua empresas societarias, línea discontinua conjunto).

Por supuesto la caída de los salarios se ha desarrollado paralelamente con la caída de la actividad y la fragilidad de la demanda y, por consiguiente, de la actividad económica. Empero, esa caída ha sido enmascarada por el incremento de las deudas de los hogares, que han tendido a mantener su consumo a través del crédito y del aplazamiento de los pagos-

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http://www.google.es/url?url=http://www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/5SP%2520Husson%2520salarios3.pdf&rct=j&frm=1&q=&esrc=s&sa=U&ei=IObSVK3AI8P7ULeHgMgB&ved=0CBQQFjAA&usg=AFQjCNG3_9oVM7q4OHzmiSpphM7cqzbIKg

El último gráfico –elaborado por Monthly Review–y citados por François Chesnais, ejemplifica las “ganancias financieras” en Estados Unidos, patria de todas las grandes innovaciones financieras y <> En http://www.herramienta.com.ar/herramienta-web-5/crisis-de-sobreacumulacion-mundial-crisis-de-civilizacion.

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Muestra la parte de las ganancias financieras en el total de las ganancias. Obsérvese cómo un primer salto se produce a mediados de los setenta, coincidiendo con el cambio de la arquitectura financiera global por el fin del sistema de Bretton Woods. El segundo con las modificaciones legislativas de la era Reagan, el tercero con las de Clinton. Véase cómo, tras cada crisis del modelo, las nuevas reformas suponen un salto de los beneficios por encima del anterior. Lo mismo que está ocurriendo en la actualidad. Obsérvese el paralelismo entre las “reformas” que favorecen las diferencias en la distribución de recursos entre la plutocracia global, y la de cada uno de los países, y la subida en flecha, en relación con los restantes sectores económicos, del volumen y, aún más, de los beneficios del sector financiero.

Porque la escalada del sector financiero está ligado a la distribución más desigual de renta y patrimonio. Lo que implica buscar nuevas vías de un beneficio para un sector social (la plutocracia global) cuyo poder se acrecienta a pasos agigantados, independientes de las ventas y de la demanda que se deprimen. Ese es el papel del sector financiero. En especial de los países anglosajones, la City y Wall Street, donde se desarrollan las nuevas figuras jurídicas y las instituciones.

P.e., a partir de la explosión de la burbuja de las punto com en el 2000 en EEUU, Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal, o Banco Central de EEUU, emitió grandes cantidades de dólares. Lo mismo se ha hecho tras la crisis de 2008, las llamadas facilidades de crédito, tanto en EEUU y Reino Unido, primero, como en la zona Euro, después. Se ha pasado así de generar demanda por parte del sector público, a una política monetaria activa (lo contrario de lo que predicaba Friedman), emitiendo moneda a disposición de las entidades del sistema financiero y generando deuda (la política origen de la debacle de 2008), pero, al mismo tiempo, destruyendo la fuerza negociadora de los sectores ajenos a la plutocracia, especialmente de los trabajadores (las famosas reformas estructurales). Lo que provoca que los precios se depriman vía costos salariales y vía reducción de la demanda.

Volvamos a la fórmula de Irving Fischer sobre la oferta monetaria, M.V=T.P. Pues, bien si aumentamos la masa monetaria y al mismo tiempo mantenemos la velocidad de circulación del dinero, el número de transacciones y el nivel de los precios al consumo corriente, el remanente generará enormes burbujas respecto de aquellas cosas en que invierten los sectores que no están deprimidos. En todo caso el nuevo dinero creado por los bancos centrales irá, por unos u otros métodos, a veces bastante arriesgados, a los bolsillos de los grandes negocios y de las grandes fortunas. La función de intermediario en ese trasvase corresponde al sistema financiero, en especial de sus divisiones de “gestión de patrimonios”, de aquí su pujante papel estructural en la nueva situación económica.

Hay pues una diferencia sustancial entre la base intelectual del proyecto neoliberal y su aplicación, resultado de la evolución de la posición del Estado y de las organizaciones públicas internacionales. Entre los años 30 y 60, cuando se elaboró la base intelectual del neoliberalismo, se trataba de establecer un muro de contención para las obligaciones y responsabilidades de las grandes empresas y las grandes fortunas. Desde los años 80 hasta aquí se ha concretado una hegemonía incontestada del proyecto de la plutocracia global, sobre los poderes públicos, de los poderes locales al poder central de los Estados, y a las nuevas organizaciones económicas internacionales, de la UE a la OMC, el FMI, el BM, la OCDE, la OMC y, por supuesto, el G-20. Ahora esas entidades públicas promueven activamente el interés de los plutócratas.

En 2005 un importante grupo de analistas del Citigroup, a la sazón la mayor empresa financiera mundial, dirigidos por Ajay Kapur, jefe global de estrategia de renta variable, y encargados de proporcionar estrategias en el “mundo global”, resumen las metas de esos proyectos: el desarrollo de una “plutonomía”, la economía con un peso descomunal del sector más acomodado. Se trata de un régimen para el “enriquecimiento” del sector de los más ricos, “en algún momento –analizaban- es probable que los trabajadores se opongan al aumento del beneficio de los ricos y puede haber una reacción política…. (pero) no vemos que eso esté sucediendo, aunque hay signos de crecientes tensiones… De todos modos mantendremos una estrecha observación de los acontecimientos” (citado por el historiador Josep Fontana, en “por el bien del imperio / una historia del mundo desde 1945”, Ediciones de pasado y presente, s.l., primera edición en rústica, noviembre de 2013, página 932 y nota al pie).

Naturalmente, la reacción de los trabajadores y la opinión pública es sin duda el problema fundamental para que tales metas no se alcancen. Porque esas metas dependen de “1) la actitud favorable de gobiernos, amigos de los capitalistas y cooperadores con ellos, 2) de un crecimiento de la productividad por la tecnología y 3) de la globalización”. Dado que precisamente el crecimiento de 2) “la productividad por la tecnología”, en las últimas décadas, en ningún sector, resiste la comparación con los “años dorados” de 1945 a 1970, y ni siquiera con principios del siglo XX, es obvio que el condicionante fundamental son “los gobiernos amigos de (business friendly) los negocios”, o para ser precisos de los ricos, máxime cuando la “globalización”, que como veremos depende de tratados internacionales, en definitiva acuerdos entre los gobiernos, también depende de éstos. Son, pues, condicionantes políticos. O, por mejor decir, pre-políticos, derivados del control de las élites de poder, nucleadas por los plutócratas, sobre las decisiones políticas, los políticos y los medios de comunicación. (pueden verse las citas completas en

http://dfc-economiahistoria.blogspot.com/2012/07/el-ascenso-de-la-plutocracia.html

Naturalmente, la meta del proyecto neoliberal es garantizar que la plutocracia globalizada imponga su poder sobre los pueblos. Se trata de contener y hacer retroceder la poca sustancia democrática que pueda quedar en los sistemas de gobierno representativo a todos los niveles. Pero, por supuesto, es la conciencia de los pueblos la que puede cambiarlo todo. Y las presiones de la plutocracia global tienen por misión fundamental evitar que nos demos cuenta de eso. De momento con bastante éxito. Pero eso puede cambiar mañana. Es la batalla de las ideas y de la comunicación la que lo decidirá.

Autor: Madriles

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