¿Quién quiere participar?

¿Quién quiere participar?

Félix García Moriyón

Resumen

La participación de la ciudadanía en la vida política es un requisito fundamental de las sociedades democráticas. Esta participación se puede ejercer de maneras muy diversas, si bien en las democracias actuales se encuentra con dificultades intrínsecas que hacen menos probable que las personas participen. Es necesario además llamar la atención sobre los mecanismos que favorecen un abandono voluntario de la participación, delegando el ejercicio del poder en unas minorías. Si tenemos claras esas dificultades y los criterios básicos que deben orientar nuestra actuación política, es posible desarrollar propuestas de intervención política que permitan incrementar sustancialmente esa participación tan necesaria para la democracia.

Democracia y participación

Es un hecho apenas discutido que un rasgo distintivo de la democracia es la participación de los ciudadanos en la vida política. Aunque vale para todos los diversos modelos de democracia existentes a lo largo de la historia, me refiero claro está a la democracia tal como es entendida y puesta en práctica a partir de las Revoluciones Inglesa (siglo XVII), Americana y Francesa (siglo XVIII) y posteriormente difundida a todos los países hasta el punto de que a fecha de hoy una abrumadora mayoría de los regímenes políticos se presentan como variantes homologadas de ese modelo de democracia. Por descontado que solo una parte de ellos, no despreciable, por cierto, superan el control de calidad democrática. Paso por alto en este momento la vaguedad del concepto «democracia» y los diferentes modos, algunos muy diferentes, con los que se presenta en la práctica.

En tanto que gobierno del pueblo, siendo este el sujeto en el que reside la soberanía y, por tanto, el poder, solo hay democracia en la medida en que el pueblo, que deja de ser súbdito para convertirse en ciudadano, participa en la a) deliberación, b) elección y c) ejecución de las políticas que determinan lo que se debe hacer en una sociedad para atender las necesidades de todos sus miembros. Participa además en la rendición de cuentas que evalúa lo que efectivamente se hace. Algunas maneras de entender la democracia, que podríamos agrupar bajo la denominación de «democracias radicales», puesto que van a la raíz del problema, esto es, a poner en acto el poder (cracia) del pueblo (demos), consideran que la participación es crucial, condición necesaria. El anarquismo ha sido siempre un genuino defensor de este enfoque[1], y hay autores recientes muy valiosos que defienden la democracia participativa, entre los que destaca Benjamin Barber.

No obstante, se detecta una progresiva desafección de los ciudadanos respecto a las democracias realmente existentes. Es algo que preocupa, por ejemplo, en la Unión Europea a nivel oficial: el artículo 11 del Tratado de Lisboa así lo señala; en 2011 se celebró el año del voluntariado y en el 2013 el año de la ciudadanía. Es algo que se detecta también en el enquistamiento de niveles altos de abstención, lo que lleva a referirse a ellos como «paradoja de la no participación». Muchos teóricos están reflexionando sobre la crisis de la participación de los ciudadanos en la democracia. Y, lo que quizá sea más importante en este contexto, existen potentes movilizaciones ciudadanas en las que se expresa de manera clara y precisa que no se sienten representados, en el sentido de que no son tenidos en cuenta por quienes, tras el refrendo electoral, se presentan como legisladores encargados de debatir, decidir y ejecutar las políticas que han sido preferidas por los ciudadanos.

Si bien son diversas y complejas las causas de esta desafección y ausencia de participación, acompañadas bien es cierto de intentos de recuperar esa participación perdida, pondré especial énfasis en las dificultades intrínsecas del modelo, en el sentido de que no es nada sencillo participar, y en la renuencia de la ciudadanía a implicarse activamente en la gestión de la vida pública, ya sea por miedo a la libertad, por aceptación voluntaria de la servidumbre, por pura comodidad, asumido un rol de ciudadano de segunda u otras posibles causas con mayor o menor incidencia según los contextos específicos.

 Las formas de participación

Quizá el primer y fundamental paso que debemos dar es tener en cuenta las muy diversas formas de participación que se dan en una sociedad.

En sentido estricto, cuando hablamos de participación política, debemos referirnos a la que afecta directamente a la política institucional. En este caso, la participación se expresa sobre todo en la elección de los representantes del pueblo que se hacen cargo del poder legislativo, en España consiste en la elección de los miembros de las Cortes Generales; son esos representantes quienes eligen el poder ejecutivo al que posteriormente controlan, aunque, si  un partido tiene mayoría absoluta, la distinción entre ambos poderes es escasa. Excepcionalmente, los ciudadanos pueden participar mediante la iniciativa legislativa popular, poco efectiva en España, y desde luego mediante la participación en los partidos que concurren a las elecciones. Esto vale también, con algunos matices importantes, para la participación a nivel de Comunidades Autónomas y de municipios.

Obviamente, la participación no se limita a ese marco, pues eso sería aceptar una visión bastante reduccionista tanto de la política como de la democracia. Conviene prestar atención a todo un conjunto de asociaciones bien constituidas que articulan rigurosamente la intervención en los asuntos que afectan a la vida de la comunidad, empezando, claro está, por los partidos políticos. En la actualidad, los sindicatos son una de las instituciones fundamentales en la articulación de la participación, aunque sea referida a un ámbito específico. Además hay que contar con múltiples organizaciones no gubernamentales, de muy distinto carácter y con muy diferentes planteamientos. Su aportación a la construcción de la democracia es, por tanto, también muy variada, pero forman parte de eso que de manera genérica se llama sociedad civil y de manera más específica y más impropia, capital social. Desde luego son un buen indicador de la calidad democrática de un país.

Por último podemos hablar de una participación difusa, pero que ha sido también constitutiva del progresivo avance y consolidación de sociedades democráticas. El primero de ellos es lo que genéricamente se llama opinión pública, tema al que dedicó un valioso trabajo Habermas. Una forma concreta de participar muy importante es participar en la deliberación sobre los temas relevantes y eso se consigue hoy día a través de los medios de comunicación de masas y de las redes sociales que están empezando a llevar a la práctica novedosas fórmulas de intervención ciudadana en la vida política. En un sentido más indirecto, pero también importante, está la participación a través de las encuestas que realizan los expertos en sociología política para averiguar los deseos de los ciudadanos. Cada vez más, los políticos adaptan su actuación a lo que indican esas encuestas. Y no debemos olvidarnos de los grupos de presión, o lobbies, que han pasado a formar parte de la escena política para-institucional.

También algo difusa y difícil de evaluar en términos de su impacto en la vida política, está la multitud de intervenciones directas de la ciudadanía. Vale esto para la forma más integrada en el sistema, la que aportan las oficinas de información ciudadana y de presentación de quejas, pero vale también para multitud de diversas actuaciones que llevan directamente a la calle las quejas y las peticiones de los diversos grupos de ciudadanos, intentando con movilizaciones, concentraciones, encierros, escraches… y otras formas de acción directa, influir en las políticas que se deciden y ejecutan desde las instituciones oficiales de ordenación del sistema político del país.

Dificultades

Participar, sin embargo, no es sencillo y las dificultades que entraña todo proceso participativo pueden ayudar a entender por qué la gente no se implica demasiado en la participación delegando de hecho su propio poder en las élites dirigentes, sean estas políticas, económicas, culturales o de otro tipo. Norberto Bobbio señalaba ya hace tiempo[2] cuatro paradojas provocadas por la exigencia de democracia en las grandes, complejas y tecnificadas sociedades actuales.

La primera viene dada por el tamaño de las organizaciones, tanto políticas como económicas. Participar efectivamente en el nivel municipal, en municipios de menos de 50.000 habitantes, parece tarea viable y hay experiencias valiosas, algunas incluso de tipo libertario. Pero según va aumentando el tamaño, el asunto se complica enormemente: los ciudadanos perciben como lejanos y extraños los gobiernos estatales y más todavía, en nuestro caso específico, los de la Unión Europea. Lo mismo ocurre en el ámbito económico, sobre todo en el sentido de que participar efectivamente en la política económica de una empresa se vuelve tarea casi imposible cuando nos movemos en el marco de una multinacional

La segunda es consecuencia de la ampliación de sufragio universal, acompañado de la exigencia de lograr un Estado del Bienestar. En la medida en que ampliamos el sufragio universal, el Estado tiene que atender las necesidades de más personas lo que conlleva incrementar las prestaciones. Por un lado eso lleva a potenciar un aparato burocrático que termina siendo una estructura jerárquica y poco participativa; por otro lado lleva a lo que hace ya más cuarenta años los críticos de la democracia llamaban el exceso de democracia y hoy se traduce en las exigencias de equilibrio presupuestario: el Estado no puede atender todas esas demandas y se imponen políticas de recortes; lo grave, claro está, es que se excluye a la ciudadanía de los procesos en los que se delibera sobre el problema y se toman decisiones sobre el reparto de la riqueza que tienden a beneficiar claramente a los grupos sociales con más poder.

Las actuales sociedades industriales deben resolver problemas diversos y complejos, ya sean técnicos, económicos, medioambientales o de otro tipo. Estos problemas requieren soluciones igualmente complejas, que quedan con frecuencia lejos de las competencias que tiene el ciudadano normal, un tipo de persona que, en general, no es experta. Crece el poder de quienes poseen el conocimiento experto, que al final se alían con los grandes poderes económicos y los políticos, para configurar una nueva alianza que plantea una democracia dirigida, con perfiles cada vez más próximos a regímenes autoritarios o incluso totalitarios[3]. El papel de los expertos en economía (la Troika tecnocrática) en la actual crisis europea es un buen ejemplo de esta situación muy poco democrática.

Por último, señalaba también Bobbio una cuarta paradoja que surge del contraste existente entre la sociedad democrática y la sociedad de masas: las democracias requieren ciudadanos libres y autónomos, capaces de tener criterios propios y de pensar críticamente por sí mismos, mientras que la sociedad de masas busca el conformismo generalizado. La sociedad de masas utiliza la propaganda como instrumento de control del pensamiento y de la vida de la gente, que se evita así el esfuerzo de decidir y de asumir la responsabilidad individual de su forma de pensar y de vivir. Vinculada a la anterior paradoja, nos vemos llevados hacia una democracia que reduce los ciudadanos a clientes o consumidores, y el problema se convierte en un estudio de mercado basado en la mercadotecnia que permite configurar la política teniendo en cuenta los intereses de los ciudadanos.

La renuncia a participar

Las anteriores paradojas pueden explicar en gran parte las dificultades que entraña la participación y de manera indirecta la desafección creciente e incluso el desinterés por la participación de los ciudadanos. No obstante, considero que conviene ampliar un poco más el análisis del problema para entender adecuadamente los límites de una democracia participativa. Algunos indicadores apunta a que no está tan claro que los ciudadanos en general quieran participar. Es posible que a mucha gente no le importe demasiado que le manden, siempre y cuando le manden bien; e incluso no le importa demasiado una clara asimetría en la configuración de las relaciones de poder que implica dejar en manos de unas minorías la deliberación, toma de decisión y ejecuciones de las políticas públicas.

Lo primero que conviene tener en cuenta es que para muchas personas la participación  resulta una carga que no están dispuestas a asumir. Es decir, resulta más cómodo refugiarse en el reconfortante ámbito de la vida privada, en el que se logra en el peor de los casos una sensación de control de los propios asuntos, y dejar la exigente gestión de los asuntos que afectan al bienestar colectivo a otras personas. El empleo del tiempo libre que nos deja la ineludible jornada laboral no vamos a dedicarlo a poner en práctica nuestro derecho, quizá nuestro deber, de participar en los asuntos públicos y puede que nuestra necesaria vida social se reduzca al círculo de amistades o a la pertenencia a alguna sociedad recreativa en la que satisfacemos nuestros gustos y aficiones personales. Sennet llama a este proceso el declive del hombre público[4]. Basta con observar el absentismo que se da en gran parte de la vida asociativa, sea cual sea el ámbito en el que nos movemos. Eso es cierto incluso en organizaciones que proclaman su adhesión a principios autogestionarios; asistir a una asamblea de un sindicato autogestionario como la CGT no deja de ser un baño de realidad no participativa al constatar los bajísimos porcentajes de participación.

Hay que admitirlo: toda dinámica autogestionaria, sin la que no hay participación, exige una mayor implicación[5]. Hay que dedicar tiempo a buscar, leer y comprender la información relevante para los temas que se tienen que discutir; es necesario acudir a reuniones en las que se discuten los problemas y se toman las decisiones; en la medida en que hemos asumido cierto protagonismo en el proceso, vamos a tener que implicarnos más en la ejecución de las decisiones que se han tomado. En definitiva, mucho tiempo y mucho esfuerzo, que bien puede justificar que deleguemos y dejemos ese trabajo en otras manos. Solo cuando esas decisiones que hemos delegado por pura pereza empiezan a ser muy gravosas para nosotros y nuestros intereses, es posible que intentemos recuperar el poder de decisión, pero con frecuencia ya no es tan fácil. Nuestros representantes han terminado desarrollando unos intereses corporativos propios que entran en conflicto con los intereses de sus representados.

Esto es también decisivo. Las élites extractivas, el bloque hegemónico o como queramos llamarlo, genera intereses específicos que quieren preservar el sistema vigente por lo que supone de privilegios valiosos y calidad de vida en el sentido de acceso a medios materiales de satisfacción de las necesidades básicas del ser humano. Kant ya señalaba que los tutores se esfuerzan por hacer ver a las personas a las que tutelan que ellas carecen de las competencias necesarias para tomar decisiones correctas por lo que la decisión más sensata es poner la capacidad de tomar decisiones en manos de sus tutores que, sin duda, gobernarán por el bien de los gobernados. Adquieren mucha importancia las campañas de control de la opinión pública, fomentando la sumisión o, para no ser tan obvios, la aceptación del gobierno de los políticos debidamente asesorados por los expertos y en estrecha colaboración con los grandes dueños de la riqueza. Todo indica que este control de la opinión es un mecanismo fundamental en la obstrucción de la participación, convenciendo a la gente de que deben dejar en manos de quienes saben la gestión de lo público.

No debemos ignorar tampoco la compleja relación que mantenemos con nuestra propia libertad, que conlleva la exigencia de participación. Ya el relato bíblico del Génesis mostraba ese carácter paradójico de la libertad: la libertad de poder comer o no comer el fruto prohibido daba a entender, entre otras cosas, que la libertad puede ser un caramelo envenenado. Somos libres de elegir, don preciado al que no podemos renunciar, pero sabemos que hay decisiones libremente tomadas que nos pueden hundir. Quizá se trata de un riesgo excesivo. Muchos siglos después Sartre decía que estamos condenados a ser libres y Erich Fromm proponía una potente reflexión sobre el miedo a la libertad como humus nutricio en el que creció el nazismo. Ser libre implica asumir las propias responsabilidades y eso agobia, más todavía en estas sociedades de consumo en la que Barry Schwartz[6] descubre lo que él llama la paradoja de la libertad: el incremento de las opciones de elección provoca mayor insatisfacción e incluso cierta angustia.

No solo es eso. Quizá lo que resulta más paradójico es lo que ya hace mucho tiempo Étienne de la Boétie llamaba la servidumbre voluntaria. Un dicho anarquista señalaba que, en cierto sentido, en este mundo hay amos porque hay esclavos. Sin ir muy lejos, ¿cómo explicar la escasa respuesta ciudadana a una dura crisis que se ha cebado en las personas más vulnerables, que han terminado padeciendo el sufrimiento generado y pagando los costes de la discutible recuperación? No hay respuesta clara, pero no debemos olvidar que son frecuentes estos comportamientos de obediencia sumisa, gracias a los cuales la minoría más agresiva puede apoderarse de la riqueza generada por toda la sociedad y consolidar repartos absolutamente asimétricos del poder. Con demasiada frecuencia, las personas no están dispuestas fácilmente a ejercer su propia libertad; no se atreven a pensar por sí mismas y están abiertas a dejarse llevar por un líder que les resuelva los problemas, que les garantice unas prestaciones y que, aparentemente, no les pida nada a cambio. También el relato bíblico ofrecía una versión de este fenómeno con el relato de Esaú que vendía su primogenitura por un plato de lentejas. En el Imperio Romano se habló de panem et circenses. Muy probablemente, este rasgo del comportamiento humano ayude a entender por qué Franco agotó su gobierno dictatorial y murió en una cama de hospital tras cuarenta años de dictadura.

Esta gran campaña de control de la opinión pública viene reforzada por un creciente miedo a la libertad. Fomentar el miedo ayuda a anular o aminorar sensiblemente los deseos de libertad y, por tanto, los deseos de participación. Vivimos precisamente en un período histórico que resulta en parte sorprendente: prácticamente nunca en la historia anterior de la humanidad tantas personas han disfrutado de condiciones de vida aceptable y prácticamente nunca ha sido mayor la seguridad ciudadana y la reducción de la violencia.  Sin embargo, parece que cada vez tenemos más aversión a los riesgos y más miedos a peligros hábilmente manipulados por los poderes fácticos. La exigencia de seguridad y tranquilidad está llevando a aceptar medidas que cercenan el ejercicio de las libertades y encierran a las personas en el restringido ámbito de su vida privada. Por amor a la seguridad, no pasamos a la insuficiente y excesivamente peligrosa libertad natural a la enriquecedora libertad social de la que hablaba Rousseau, sino más bien a la aceptación de todo tipo de controles y recortes del ejercicio de la libertad.

Soluciones

Como es obvio, a nadie se le puede obligar a participar, lo que, además podría ser altamente contraproducente, pero desde luego se puede preparar a la gente, animarla a superar la inercia y la pereza, desvelarle la riqueza personal que conlleva implicarse en procesos comunitarios de participación y gestión, vencer sus resistencias y miedos y potenciar la participación. En todo caso, conviene recordar que el absentismo no parece razón suficiente para suspender el proceso autogestionario: la posibilidad de participación debe estar siempre abierta, del mismo modo que la formación en la participación debe formar parte de todo sistema que quiera ser autogestionario. No debemos olvidar que no se nace participando, como tampoco se nace obedeciendo; esas cosas se aprenden. Y se aprenden cuando afrontamos retos que nos exigen un esfuerzo, pero un esfuerzo asequible, no desmesurado, que termina siendo muy gratificante cuando logra los resultados buscados.

¿Qué hacer? No es fácil dar recetas, sobre todo en momentos en los que se están buscando nuevos procedimiento de participación que permitan que los ciudadanos perciban que pueden recuperar el control de sus vidas y participar activamente en la gestión de su presente y de su futuro. En este mismo número de la Libre Pensamiento se ofrecen experiencias y orientaciones más concretas que son sin duda valiosas. Colin Crouch[7], en un buen libro en el que aborda lo que él llama la post-democracia se centra igualmente en medidas variadas que indican posibilidades reales: enfrentar el creciente poder empresarial en la política; la búsqueda de nuevas formas de hacer política, basadas en propuestas viables y liderazgo colectivo; incrementar la transparencia y la efectiva rendición de cuentas. Y sobre todo, tener en cuenta a la ciudadanía. Incluso se buscan desde instituciones que en principio no están de hecho favoreciendo la participación[8]

Sin posibilidad de entrar a fondo en este tema en el marco de este artículo, considero que hay dos cuestiones centrales que debemos tener en cuenta, sobre todo a la vista de lo que comentaba en el apartado anterior. Necesitamos que la gente (los pobres y vulnerables principalmente) se organice en grupos de intereses comunes, que creen sus propias identidades, definan con claridad sus demandas e interpelen directamente al sistema político. Es decir, necesitamos generar espacios en los que pueda crecer el sentido de pertenencia a una comunidad política en la que el bienestar individual está intrínsecamente vinculado al interés común, rompiendo la nociva escisión entre lo público y lo privado que se ha llevado al extremo en nuestras actuales sociedades

Por otra parte, necesitamos profundizar en la propuesta anarquista de la libertad, aquella que se asiente sobre todo en el reconocimiento y la solidaridad, que se apoya además en el empoderamiento de las personas y de la comunidad, esto es, en la recuperación y crecimiento del poder personal para asumir con fuerza el ejercicio de la propia libertad y el protagonismo en la gestión de nuestras propias vidas. Es un poder que, como señala Abensour[9], ya no se dirige contra la política sino que hace de la política el propio objeto de deseo. No se ven en el ejercicio de la participación política una carga, sino como oportunidad de llevar una vida más rica y más plena, en la que se asume con alegría el riesgo que conlleva ser personas libres.

Firmemente asentadas estas dos ideas reguladoras fundamentales, es más sencillo saber lo que tenemos que buscar y construir,  y ponernos a la tarea de encontrar las prácticas concretas y variadas con las que conseguir convertirlo en realidad aquí y ahora.

[1] Eso explica la vigencia de los planteamientos anarquistas en muchas de las prácticas sociales y políticas que en la actualidad buscan intervenir en la vida política. Es una de las tesis centrales de mi libro, García Moriyon, Senderos de libertad, accesible en Internet

[2] Bobbio, Norberto: ¿Qué socialismo? Barcelona, Plaza y Janés, 1986

[3] Sheldon S. Wolin. Democracia S. A. La democracia dirigida y el fantasma del totalitarismo invertida. Buenos Aires, Katz, 2008

[4] Sennet, Richard, El declive del hombre público. Barcelona, Península, 2004

[5] AUTORES VARIOS: Autogestión ayer y hoy. Experiencias y propuestas para otra sociedad posible. Madrid: CGT, 2011

[6] Barry Schwartz: Por qué más es menos. Madrid: Taurus, 2006

[7] Crouch, Colin: Postdemocracy. Madrid: Taurus, 2004

[8] Por ejemplo, el libro publicado por la Junta de Andalucía, Caminando hacia una democracia participativa (2014), que precede a la elaboración de un anteproyecto de Ley de participación ciudadana. Es accesible en Internet

[9] Abensour, Miguel: La democracia contra el Estado. Buenos Aires: Ediciones Colihue, 1998,

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